No todo el mundo duerme como uno, come como uno, o se viste como uno. Desplegar la perspectiva es ver más allá, y descubrir que hay mucho para decir acerca de los estilos de vida. Una determinada cultura, sociedad o ámbito particular puede imponer algún modo de vida a las personas que allí habitan. Sin embargo, aunque ciertas influencias se hallan muy lejos geográfica o culturalmente, hay quienes eligen vivir de una forma particular, rigiendo sus actos y ajustando sus comportamientos a códigos estrictos. Los artistas marciales son un ejemplo de ello.
Las artes marciales se definen como aquellas técnicas de combate utilizadas por el hombre para defenderse. Pero todo no termina en los golpes, sino que el practicante, para lograr ser un buen artista, deberá incorporar cierta disciplina, meditación y un determinado comportamiento ético, según el estilo practicado. Precisamente, en las metas perseguidas reside la diferencia básica entre un deporte y un arte marcial. En el fútbol se buscarán hacer goles, en el rugby correrán por lograr un try, sumar puntos será la meta de los tenistas. Todas metas físicas, específicas, concretas. Pero el artista marcial tendrá como objetivo vivir de acuerdo a su arte en todos los momentos de su vida, combinando elementos físicos con aspectos filosóficos y espirituales. Agustín Rosendi, profesor y 4º dan de kempo bujitsu, indica que “lo que rige y está en concordancia con todas las artes marciales es esa conducta, esa búsqueda espiritual que tendría que ser común a todos, no importa si es karate, bujitsu, jujitsu, kung fu… Porque todas las artes marciales deberían buscar esa espiritualidad, ese perfeccionamiento, ese conocimiento de sí mismo –en el sentido de conocer las propias capacidades y limitaciones”.
Ese ideal de perfección –en constante búsqueda- está regulado a través de estrictos preceptos que varían según las zonas de origen y el tipo de práctica. Uno de los más célebres (tal vez por cierto idealismo romántico con el que suele tratarse al pasado poco conocido) es el código Bushido (o “camino del guerrero”), que guió la vida de los samurai en los tiempos de los emperadores japoneses. Su gestación estuvo fuertemente influenciada por el budismo Zen y el confucionismo y fue transmitido oralmente hasta mediados del siglo X, cuando comenzaron a circular algunas versiones escritas.
Este “código de conductas adecuadas para el caballero combatiente”, tenía su eje en el honor: bastaba un insulto en la calle para batirse a muerte con otro samurai o cualquier persona. Además, incluía entre sus principios básicos la honradez y la justicia (“para un samurai sólo existe lo correcto y lo incorrecto”); el valor heroico; la asistencia incondicional a los compañeros, ayudándolos ante situaciones adversas aún a riesgo de perder la vida; la cortesía, que refiere al trato respetuoso con los enemigos; la sinceridad absoluta (“la palabra de un samurai es tan firme como el metal”); el deber y la lealtad.
El incumplimiento de alguno de estos preceptos, el deshonor o la derrota ante un enemigo eran motivos suficientes para inflingirse la propia muerte o “suicidio ritual” (seppuku), considerado un acto de honor y valentía con el que se honraba a la familia. Así, el código Bushido exigía una particular concepción de la muerte, que implicaba apreciar la vida desde el momento de su fallecimiento, como si ya estuvieran muertos.
Seppuku - Ceremonia Fallida
Las artes marciales se definen como aquellas técnicas de combate utilizadas por el hombre para defenderse. Pero todo no termina en los golpes, sino que el practicante, para lograr ser un buen artista, deberá incorporar cierta disciplina, meditación y un determinado comportamiento ético, según el estilo practicado. Precisamente, en las metas perseguidas reside la diferencia básica entre un deporte y un arte marcial. En el fútbol se buscarán hacer goles, en el rugby correrán por lograr un try, sumar puntos será la meta de los tenistas. Todas metas físicas, específicas, concretas. Pero el artista marcial tendrá como objetivo vivir de acuerdo a su arte en todos los momentos de su vida, combinando elementos físicos con aspectos filosóficos y espirituales. Agustín Rosendi, profesor y 4º dan de kempo bujitsu, indica que “lo que rige y está en concordancia con todas las artes marciales es esa conducta, esa búsqueda espiritual que tendría que ser común a todos, no importa si es karate, bujitsu, jujitsu, kung fu… Porque todas las artes marciales deberían buscar esa espiritualidad, ese perfeccionamiento, ese conocimiento de sí mismo –en el sentido de conocer las propias capacidades y limitaciones”.
Ese ideal de perfección –en constante búsqueda- está regulado a través de estrictos preceptos que varían según las zonas de origen y el tipo de práctica. Uno de los más célebres (tal vez por cierto idealismo romántico con el que suele tratarse al pasado poco conocido) es el código Bushido (o “camino del guerrero”), que guió la vida de los samurai en los tiempos de los emperadores japoneses. Su gestación estuvo fuertemente influenciada por el budismo Zen y el confucionismo y fue transmitido oralmente hasta mediados del siglo X, cuando comenzaron a circular algunas versiones escritas.
Este “código de conductas adecuadas para el caballero combatiente”, tenía su eje en el honor: bastaba un insulto en la calle para batirse a muerte con otro samurai o cualquier persona. Además, incluía entre sus principios básicos la honradez y la justicia (“para un samurai sólo existe lo correcto y lo incorrecto”); el valor heroico; la asistencia incondicional a los compañeros, ayudándolos ante situaciones adversas aún a riesgo de perder la vida; la cortesía, que refiere al trato respetuoso con los enemigos; la sinceridad absoluta (“la palabra de un samurai es tan firme como el metal”); el deber y la lealtad.
El incumplimiento de alguno de estos preceptos, el deshonor o la derrota ante un enemigo eran motivos suficientes para inflingirse la propia muerte o “suicidio ritual” (seppuku), considerado un acto de honor y valentía con el que se honraba a la familia. Así, el código Bushido exigía una particular concepción de la muerte, que implicaba apreciar la vida desde el momento de su fallecimiento, como si ya estuvieran muertos.
Seppuku - Ceremonia Fallida
Los samurais no despreciaban la vida, sino que la veían de otra manera. Creían que sólo el ignorante y el cobarde le temen a la muerte, simplemente, porque todos vamos a llegar a ella. Entonces, creían en la “buena muerte”: “ya que todos vamos a morir, yo prefiero elegir cómo. Morir como un cobarde o como un valiente. La muerte no es una maldición; la maldición es morir en desgracia, morir en deshonor”, explica el profesor Rosendi. Esta particular apertura mental hacia la muerte, así como la gran influencia ejercida por la filosofía samurai en todas las tradiciones de Japón, fue relacionada en ocasiones con la psicología de los pilotos kamikaze (que significa “viento divino”) de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy en día, este código ya no se sigue porque “si no nos tendríamos que matar apenas nos insultan”, argumenta Rosendi. Lo que sí está intacto es aquello que las artes marciales le aportan a la vida del practicante como un principio ético. Ya que este tipo de arte “no se hace para quien está afuera mirando sino que se hace para uno mismo. Oscar Cirone, titular de la Asociación Argentina de Kendo y Iaido, 4° dan de Kendo y 5° dan de Iaido, estilo Seitei, afirma que este tipo de arte “Si no le sirve a uno, si no le sirve a su interior, no le sirve para nada”.
Hoy en día, este código ya no se sigue porque “si no nos tendríamos que matar apenas nos insultan”, argumenta Rosendi. Lo que sí está intacto es aquello que las artes marciales le aportan a la vida del practicante como un principio ético. Ya que este tipo de arte “no se hace para quien está afuera mirando sino que se hace para uno mismo. Oscar Cirone, titular de la Asociación Argentina de Kendo y Iaido, 4° dan de Kendo y 5° dan de Iaido, estilo Seitei, afirma que este tipo de arte “Si no le sirve a uno, si no le sirve a su interior, no le sirve para nada”.
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