
JORNADA DE MEDITACIÓN ZEN EN UN DOJO PORTEÑO
Por Renzo Iacomella
Para tener algo que decir acerca del amanecer del bosque hay que atravesarlo caminando. De noche. En eso estábamos cuando, queriendo conocer algo más acerca del Zen, decidimos practicarlo. Y la mejor o la única forma de hacerlo es practicando zazen, adoptando de una vez y para siempre la “postura de loto”, salteando los ejercicios previos mediante los que -por ejemplo- el yoga ablanda el cuerpo y el alma, y los dispone para la iluminación. El zazen se diferencia en ser un golpe directo sin previo aviso, una estatua esculpida en un sólo gesto del cincel. Es la segunda parte de Full Metal Jacket, el famoso film de Stanley Kubrick, sin las escenas en el campo de entrenamiento militar. Claro está que aquí no es que entramos directamente a la guerra, a la lucha por la muerte del enemigo, sino -todo lo contrario- al silencioso y meditabundo camino del despertar personal, del satori: el quiebre de la cíclica cadena de reencarnaciones que para el budismo anuda el tejido de la existencia. Lo que significa algo sencillo, glorioso y tranquilizador: ya no tendremos que volver a morir. Nunca más.
Por Renzo Iacomella
Para tener algo que decir acerca del amanecer del bosque hay que atravesarlo caminando. De noche. En eso estábamos cuando, queriendo conocer algo más acerca del Zen, decidimos practicarlo. Y la mejor o la única forma de hacerlo es practicando zazen, adoptando de una vez y para siempre la “postura de loto”, salteando los ejercicios previos mediante los que -por ejemplo- el yoga ablanda el cuerpo y el alma, y los dispone para la iluminación. El zazen se diferencia en ser un golpe directo sin previo aviso, una estatua esculpida en un sólo gesto del cincel. Es la segunda parte de Full Metal Jacket, el famoso film de Stanley Kubrick, sin las escenas en el campo de entrenamiento militar. Claro está que aquí no es que entramos directamente a la guerra, a la lucha por la muerte del enemigo, sino -todo lo contrario- al silencioso y meditabundo camino del despertar personal, del satori: el quiebre de la cíclica cadena de reencarnaciones que para el budismo anuda el tejido de la existencia. Lo que significa algo sencillo, glorioso y tranquilizador: ya no tendremos que volver a morir. Nunca más.
Este camino se inició en el hall del Zen Center Latin America que nos llevó a la escalera, en la escalera que nos llevó a la puerta, la puerta a un pasillo, el pasillo al dojo. Antes de entrar debimos quitarnos el calzado y aligerarnos de ropa hasta estar lo suficientemente cómodos. Las dimensiones del vestuario obligan a salir cuando entra el Sol. Aquellos que asisten al dojo y realizan la práctica semanalmente ya poseen sus casilleros y la indumentaria adecuada: los hábitos. Dispuestos en un estante se alineaban los zafus, almohadones negros y maleables sobre los que se sientan los practicantes para adoptar la postura de loto.
- Che, me parece que te agarraste el mío – reclamó uno de ellos a su compañera.
En una pared lateral se leían algunas contraindicaciones, en el sentido que anuncian aquello que no hay que esperar del zazen: “Es una postura del despertar. Durante su práctica no hay que querer alcanzar nada, sea lo que sea. Es solamente concentración sobre la postura, la respiración y la actitud del espíritu, sin objeto”. Sin embargo, no supimos desembarazarnos de nuestras expectativas y nervios mientras avanzábamos en absoluto silencio hacia el umbral del dojo. La habitación y nuestro recorrido por ella estaban divididos en dos instancias desparejas: Una línea bajo un inmediato segundo umbral indicaba la frontera entre el diminuto afuera y el prometedor adentro, al que sólo se podía ingresar con el pie izquierdo. Nos ubicamos entorno al altar de Buda, siempre avanzando en el sentido de las agujas del reloj sobre la alfombra roja. La cantidad de practicantes era excesiva para aquella habitación rectangular de paredes blancas, y se hizo trabajoso disponerse sobre el zafu, con las piernas en loto rozándose disimuladamente, en silencio, para no evidenciar las limitaciones materiales de la mística jornada que ya daba inicio.
Estrictamente, la práctica es mirar una pared blanca durante cuarenta minutos. Mejor: uno debe tener los ojos abiertos sobre la pared pero no mirarla. Debe centrar su atención en la respiración forzando los límites de su cuerpo, pero sin pensar en nada. Haciendo propia la consigna, cruzamos las piernas, recogimos el mentón, estiramos la nuca y relajamos el vientre. En la posición de loto la nariz debe encontrarse en la vertical del ombligo. La mano izquierda sobre la derecha, con las palmas al cielo, contra el abdomen. Los pulgares en contacto y la lengua, tocando el paladar. En el primer intento, uno se siente un Frankenstein cuyos pedazos pretenden fugarse gritando, montados al galope en diez mil contracturas, cada uno hacia su respectivo dueño original. El eje del cuerpo se pierde completamente y uno se va yendo de lado, mientras transpira la gota gorda por no interrumpir el eventual satori del vecino.
Hay dos demonios en la práctica del zazen: por un lado, realizar de manera demasiado relajada la postura, al punto de dormirse; por el otro, nunca poder realizarla y ser todo el tiempo una maraña pelusa de quejas. Una araña pata larga muriendo pero sin morirse, publicando su agonía en cada músculo del cuerpo. En eso estábamos nosotros cuando se dio inicio al curioso remedio que da muerte a ambos demonios: una tabla de madera con la que te pegan un palazo en cada hombro. A lo lejos se oyó su desenfundar y se oyeron los sablazos cortando el aire hasta la espalda de varios practicantes. Pero se oyeron también sus gestos de alivio, su reincorporación al meditar divino, como quien recibe un relámpago de Gatorade en el omóplato.La primera parte de la jornada terminó rato después. Antes de ponernos de pie hicimos una reverencia y luego nos sumamos a una fila india que avanzaba a paso de oruga en torno al Buda. Sobre el pecho colocamos las manos, como si una detuviese el golpe de puño de la otra. Cada pequeño paso debe estar sincronizado con la respiración, y como algunos respiraban menos o más lento que otros, se produjo un respetuoso embotellamiento en algún tramo del circuito. Finalmente volvimos a nuestros zafus. Y volvimos a la pared blanca, para otra media hora de meditación.
La práctica del zazen se realiza al amanecer y al atardecer, momentos del día en los que los cambios de la naturaleza se manifiestan de manera radical en el jardín interno del dojo. Cuando llega alguno de estos dos momentos, todo el encuentro es coronado por una ceremonia. El tintineo de una campanita y un par de golpes como de toc-toc anunciaron entonces el ingreso de una reducida comitiva a la que nunca miramos directamente, algunos porque ya conocían sus menesteres, otros por miedo o porque ya estábamos obsesionados con la idea de mirar un solo punto fijo, así se cayera el edificio a pedazos.
En un gesto final, todos los presenten nos pusimos de pie y nos arrodillamos repetidas veces, mientras cantamos en japonés el Prajnaparamita Hridayan, el Sutra del Corazón, que reza: “Vamos todos, vamos todos, más allá del más allá”. Como diría Cortázar: cantamos el himno y nos retiramos en buen orden. Al salir, claro está, nos cuidamos de pisar afuera, esta vez, con el pie derecho.
Hágalo usted mismo - Postura en Zazen explicada por Deshimaru
No hay comentarios:
Publicar un comentario