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sábado, 20 de octubre de 2007

En Busca del Satori Perdido



JORNADA DE MEDITACIÓN ZEN EN UN DOJO PORTEÑO

Por Renzo Iacomella

Para tener algo que decir acerca del amanecer del bosque hay que atravesarlo caminando. De noche. En eso estábamos cuando, queriendo conocer algo más acerca del Zen, decidimos practicarlo. Y la mejor o la única forma de hacerlo es practicando zazen, adoptando de una vez y para siempre la “postura de loto”, salteando los ejercicios previos mediante los que -por ejemplo- el yoga ablanda el cuerpo y el alma, y los dispone para la iluminación. El zazen se diferencia en ser un golpe directo sin previo aviso, una estatua esculpida en un sólo gesto del cincel. Es la segunda parte de Full Metal Jacket, el famoso film de Stanley Kubrick, sin las escenas en el campo de entrenamiento militar. Claro está que aquí no es que entramos directamente a la guerra, a la lucha por la muerte del enemigo, sino -todo lo contrario- al silencioso y meditabundo camino del despertar personal, del satori: el quiebre de la cíclica cadena de reencarnaciones que para el budismo anuda el tejido de la existencia. Lo que significa algo sencillo, glorioso y tranquilizador: ya no tendremos que volver a morir. Nunca más.

Este camino se inició en el hall del Zen Center Latin America que nos llevó a la escalera, en la escalera que nos llevó a la puerta, la puerta a un pasillo, el pasillo al dojo. Antes de entrar debimos quitarnos el calzado y aligerarnos de ropa hasta estar lo suficientemente cómodos. Las dimensiones del vestuario obligan a salir cuando entra el Sol. Aquellos que asisten al dojo y realizan la práctica semanalmente ya poseen sus casilleros y la indumentaria adecuada: los hábitos. Dispuestos en un estante se alineaban los zafus, almohadones negros y maleables sobre los que se sientan los practicantes para adoptar la postura de loto.
- Che, me parece que te agarraste el mío – reclamó uno de ellos a su compañera.
En una pared lateral se leían algunas contraindicaciones, en el sentido que anuncian aquello que no hay que esperar del zazen: “Es una postura del despertar. Durante su práctica no hay que querer alcanzar nada, sea lo que sea. Es solamente concentración sobre la postura, la respiración y la actitud del espíritu, sin objeto”. Sin embargo, no supimos desembarazarnos de nuestras expectativas y nervios mientras avanzábamos en absoluto silencio hacia el umbral del dojo. La habitación y nuestro recorrido por ella estaban divididos en dos instancias desparejas: Una línea bajo un inmediato segundo umbral indicaba la frontera entre el diminuto afuera y el prometedor adentro, al que sólo se podía ingresar con el pie izquierdo. Nos ubicamos entorno al altar de Buda, siempre avanzando en el sentido de las agujas del reloj sobre la alfombra roja. La cantidad de practicantes era excesiva para aquella habitación rectangular de paredes blancas, y se hizo trabajoso disponerse sobre el zafu, con las piernas en loto rozándose disimuladamente, en silencio, para no evidenciar las limitaciones materiales de la mística jornada que ya daba inicio.
Estrictamente, la práctica es mirar una pared blanca durante cuarenta minutos. Mejor: uno debe tener los ojos abiertos sobre la pared pero no mirarla. Debe centrar su atención en la respiración forzando los límites de su cuerpo, pero sin pensar en nada. Haciendo propia la consigna, cruzamos las piernas, recogimos el mentón, estiramos la nuca y relajamos el vientre. En la posición de loto la nariz debe encontrarse en la vertical del ombligo. La mano izquierda sobre la derecha, con las palmas al cielo, contra el abdomen. Los pulgares en contacto y la lengua, tocando el paladar. En el primer intento, uno se siente un Frankenstein cuyos pedazos pretenden fugarse gritando, montados al galope en diez mil contracturas, cada uno hacia su respectivo dueño original. El eje del cuerpo se pierde completamente y uno se va yendo de lado, mientras transpira la gota gorda por no interrumpir el eventual satori del vecino.

Hay dos demonios en la práctica del zazen: por un lado, realizar de manera demasiado relajada la postura, al punto de dormirse; por el otro, nunca poder realizarla y ser todo el tiempo una maraña pelusa de quejas. Una araña pata larga muriendo pero sin morirse, publicando su agonía en cada músculo del cuerpo. En eso estábamos nosotros cuando se dio inicio al curioso remedio que da muerte a ambos demonios: una tabla de madera con la que te pegan un palazo en cada hombro. A lo lejos se oyó su desenfundar y se oyeron los sablazos cortando el aire hasta la espalda de varios practicantes. Pero se oyeron también sus gestos de alivio, su reincorporación al meditar divino, como quien recibe un relámpago de Gatorade en el omóplato.
La primera parte de la jornada terminó rato después. Antes de ponernos de pie hicimos una reverencia y luego nos sumamos a una fila india que avanzaba a paso de oruga en torno al Buda. Sobre el pecho colocamos las manos, como si una detuviese el golpe de puño de la otra. Cada pequeño paso debe estar sincronizado con la respiración, y como algunos respiraban menos o más lento que otros, se produjo un respetuoso embotellamiento en algún tramo del circuito. Finalmente volvimos a nuestros zafus. Y volvimos a la pared blanca, para otra media hora de meditación.
La práctica del zazen se realiza al amanecer y al atardecer, momentos del día en los que los cambios de la naturaleza se manifiestan de manera radical en el jardín interno del dojo. Cuando llega alguno de estos dos momentos, todo el encuentro es coronado por una ceremonia. El tintineo de una campanita y un par de golpes como de toc-toc anunciaron entonces el ingreso de una reducida comitiva a la que nunca miramos directamente, algunos porque ya conocían sus menesteres, otros por miedo o porque ya estábamos obsesionados con la idea de mirar un solo punto fijo, así se cayera el edificio a pedazos.
En un gesto final, todos los presenten nos pusimos de pie y nos arrodillamos repetidas veces, mientras cantamos en japonés el Prajnaparamita Hridayan, el Sutra del Corazón, que reza: “Vamos todos, vamos todos, más allá del más allá”. Como diría Cortázar: cantamos el himno y nos retiramos en buen orden. Al salir, claro está, nos cuidamos de pisar afuera, esta vez, con el pie derecho.


Hágalo usted mismo - Postura en Zazen explicada por Deshimaru

jueves, 27 de septiembre de 2007

DIARIO DE COMBATE

Durante siete horas el Jardín Japonés fue el escenario donde artes marciales como el Karate, el Aikido y el Kenpo desarrollaron su amplio repertorio. Distintas escuelas e institutos de la Capital Federal y Gran Buenos Aires mostraron sus técnicas.


Por Emiliano Bezus Espinosa

El sábado 22 de Septiembre el Jardín Japonés organizó una Jornada de Artes Marciales. La misma fue de siete horas de duración y consistió en una muestra de las distintas prácticas de combate orientales, como el Karate, Aikido y Taidokai Kenpo. A $5 la entrada un importante caudal de personas accedió a demostraciones que duraron entre 40 y 50 minutos, mostrando como importante detalle la puntualidad de lo programado.
En la avenida Casares a
l 2966 se erige el complejo oriental, al fondo de su interior el Salón Cultural fue el recinto elegido para el desarrollo de la jornada. En la sala principal del mismo, un tatami de 6 metros por 6 hecho de goma espuma fue la arena donde se desarrollaron las prácticas físicas. Iluminado por el sol que entraba por los amplios ventanales del recinto y los focos que apuntaban al tatami, ningún detalle quedaba librado al azar en la correcta organización del evento. El público (amantes de las artes marciales, familiares de los expositores y algunos curiosos) se ubicaba cómodamente en las sillas que rodeaban al sitio de combate. Toda la ceremonia fue dirigida y presentada por un coordinador del Jardín Japonés, desde un púlpito situado al final de la habitación.

La actividad comenzó a las 11 en punto de la mañana, con la demostración de Aikido realizada por el Instituto Murata Dojo, a cargo del Sensei Katsuyoshi Murata. A lo largo de casi 45 minutos, los integrantes del Instituto Murata desplegaron variados métodos de combate y sistemas de autodefensa, basados en elegantes movimientos circulares.

Al término de la primera exhibición el público fue rotando. Algunos de los que habían ido a ver a sus familiares dejaban el Salón Cultural, otros se quedaban y entraban quienes iban a presenciar la siguiente demostración. Asimismo una señora de limpieza, armada con una palita y escobillón se encargó de limpiar el tatami. Estos dos rasgos se repetirían durante toda la jornada, en cada uno de los intervalos entre los que entraba y salían los participantes de cada instituto y asociación.

A las 12 horas hizo presencia en el tatami la Asociación Okinawa Karate-Do estilo Shohei Ryu a cargo del Sensei Kaoru Miyagi. Primero hubo una demostración del kata (secuencia de movimientos) Kanshiwa en forma de parejas, en la que participaron 4 mujeres y 4 varones, dirigidos por el Sensei. Luego de este kata y los restantes que sucederían a lo largo de la exhibición de la Asociación, se mostró al público el análisis del mismo que consistió en el enfrentamiento de uno contra uno. Promediando la mitad de la presentación el público disfrutó de ejercicios para el cuerpo y la mente, que consistían en la resistencia de golpes al cuerpo: brazos, espalda, tórax y piernas. El Sensei Miyagi golpeaba tanto con el puño cerrado como con la mano abierta a uno de sus alumnos, que permanecía estoico y con la mirada inmóvil. Luego de esas patadas y puñetazos vino la parte en que partieron maderas. Cuadrados de madera de 20 centímetros por 20 y barras del mismo material de un metro y medio de largo y aproximadamente 7 centímetros de grosor, eran partidos por los alumnos. Los espectadores soltaban varios “!uhhhhh¡” cuando los cuerpos eran impactados y fuertes aplausos al momento que las maderas se partían. Por último, el Sensei cerró la exhibición con una demostración de ataques y defensas, basadas en posiciones de animales chinos como la grulla y el dragón. Con el saludo de los alumnos y Kaoru Miyagi al público y luego entre ellos, finalizó a la una menos cuarto la presentación de la Asociación Okinawa.

Luego del correspondiente cambio de público y el aseo del tatami, a las 13 horas arrancó la muestra de Aikido – laido del Instituto Buenos Aires Aikikai – Takemusu Aikikai, a cargo de Roberto Sánchez. Alumnos vestidos con el clásico traje blanco y quienes tienen jerarquía más alta embutidos en la tradicional vestimenta denominada Hakama, conformaban la delegación del Instituto. Roberto Sánchez abrió el espacio con una introducción histórica sobre los orígenes del Aikido, tanto en oriente como en nuestro país. Posteriormente, unos once chiquitos de no más de 10 años de edad, comenzaron con ejercicios físicos, ya que como relataba Sánchez desde el púlpito “Los chicos son los que más rápido se cansan”. También practicaron con una pelota de goma enorme, incluso más grande que alguno de los niños. Cuando se le preguntó a Roberto por este especial ejercicio el contestó “Los chicos aprenden jugando y divirtiéndose”. Finalizada la intervención de los niños, un grupo de dos mayores armados con sus katanas, realizaron un entrenamiento en base a una técnica que “sirve para cortar nuestro ego”. También se mostraron 10 ejercicios para 1er Dan. Algunas de las técnicas que se vieron fueron: Murote Dokinikio, Yomenuchi Ikio, Katamenuchi Kokiunase. Luego de 50 minutos de enérgica actividad Roberto Sánchez y sus alumnos se despidieron, recibiendo un flujo de aplausos y contestando con el clásico golpeteo de las palmas de las manos sobre el tatami.

A las 14 h
oras la actividad nuevamente se reanudó con otra muestra de Karate de la mano de la Asociación Shorim-Ryu de Karate –Do y Kobudo Shin-shu-kan, a cargo de Sensei Emito Ganiko. Luego hubo una demostración de Taidokai Kenpo por la Asociación Argentina de Kenpo y de ahí en más, se sucedieron nuevas exhibiciones de Aikido y Karate. Sin que ningún otro estilo de arte de arte marcial desenvolviera sus energías, la jornada concluyó a las seis de la tarde, hora en que el Jardín Japonés puntualmente cierra sus puertas.