sábado, 20 de octubre de 2007

“Debo estar un poco pirucho, pero bueno, es lo que me gusta”

Entrevista a Néstor Varzé - Por Emiliano Bezus Espinosa

Dentro de la carpa verde del Jardín Japonés aún se escuchaban los murmullos domingueros de los niños, mientras el Sensei Néstor Varzé se sacaba la armadura de treinta kilos de peso. El casco había quedado en el escenario, junto al altar donde reposó su katana. Enormes ojos de pequeños y adultos miraron cada uno de sus orientales movimientos, desde el filo del metal cortando el aire hasta el grito de guerra del cuerno. Detrás del decorado en el cual durante casi media hora exhibió su show “Samurai, espíritu guerrero” este porteño de cincuenta años habló, entre otras cosas, sobre la enseñanza del karate a los niños, de la carta que le envió a Jorge Telerman, y de su próximo espectáculo en el Luna Park.

Amablemente y algo agitado por la intensa actividad física, Néstor, poseedor de un record mundial de rotura de diez barras de hielos de un solo golpe, y otro también mundial de cincuenta maderas en cuarenta y siete segundos; se explayó detalladamente respecto a la preparación de su performance artística.
—Con este show estoy todos los domingos y los feriados en el jardín japonés. Nació hace cuatro años, la idea era hacerlo para un solo domingo y como a la gente le gustó, lo empezamos a hacer todos los domingos. Está lindo porque la gente ve un poquito de la cultura japonesa y yo me mantengo en estado porque me entretengo arriba del escenario, estoy veinticinco minutos solito moviéndome ahí arriba. Es un unipersonal, la idea era no usar mucha gente porque el lugar no es muy grande tampoco y con el tema de la armadura se complica mucho.


También llevas el show a algunas localidades del interior del país.
—Sí, el fin de semana pasado estuve en Río Cuarto. Ya es la segunda vez que voy a hacerlo a Córdoba, para la municipalidad de Río Cuarto. El show es a beneficio siempre, yo no les cobro. Lo único que hacen es pagarme el viaje y la estadía en el hotel. Ahora quieren que vaya a la ciudad de Córdoba para el año que viene. Después lo hacemos con otros lugares, por ejemplo cuando el Jardín organiza convenciones. La otra vez se hizo "Japón en Adrogué" y uno de los espectáculos que llevamos fue este. Pero realmente me gusta mucho hacerlo acá, me siento en mi casa.
Hace cinco años que Néstor Varzé fabrica con sus propias manos, las míticas armaduras de los guerreros samuráis. Es el único en toda Sudamérica. La que él usa en escena pesa treinta kilos, algunas llegan a pesar hasta cincuenta y son resistentes a las balas. Dependiendo de la armadura, tarda entre cuarenta y cinco días a dos meses en confeccionar una.
—La hechura de la armadura no tiene ningún rito especial. La postura de ella sí. Toda la armadura se coloca siempre primero la pieza izquierda. Y cuando se saca también, hay que sacarse siempre la pieza izquierda. Eso porque el samurai manejaba siempre con la izquierda, no con la derecha. O sea, el samurai todo lo iniciaba con la mano y la pierna izquierda. Cuando ellos rompían ese ritual era porque directamente iban a morir en la batalla.

¿Cuántas construiste?
—Tengo hechas quince. Mandé dos a España. Después envié otra un muchacho a Córdoba. Y en casa tengo doce. Yo las tengo para vender. Pero te digo lo que hago, no soy un buen comerciante. No soy un buen comerciante porque, por ejemplo vos venís a mi casa y me decís “Te quiero comprar una armadura de estas”, y ya me da cosa. ¿Sabés que pasa?, las tengo como... no se si decir hobby, pero me gusta mucho cuando las termino, y me cuesta mucho desprendérmelas.
Con cuatro décadas de camino recorrido en el Karate-Do, Néstor Varzé es Séptimo Dan. Hasta principios del 2007 hacía dieciocho años que no instruía niños.

¿Por qué volviste a enseñar a los chicos?
—Porque hoy en la sociedad falta respeto. Entonces decidí volver a enseñar a los chicos, para inculcarles un poquito eso. Para ayudar un poquito a los maestros de colegio a enseñarles el respeto que enseñan las artes marciales, y el tema del honor.

¿Por qué crees que se perdió todo eso?
—Porque la sociedad es muy rápida hoy, todo es muy mecanizado. A mí me enseñaron las artes marciales que las puntas son todas malas, los extremos son todos malos. Hoy pasa todo por una computadora, todos hablamos con celular, todo muy rápido. Entonces viste, es una cadena de sucesos y la gente se olvida de las cosas tradicionales. Y a eso le sumás el consumo de alcohol, drogas, cigarrillo. Los padres lamentablemente están sobrepasados, algunos porque no son buenos padres, y otros porque quieren ser buenos padres pero no pueden. Están casi todas las horas del día laburando y no pueden dedicarle tiempo a los chicos. Esa cadena de eventos hizo que hoy tengamos una sociedad que te pisa. A mí me pasó que me pisaron en el colectivo y yo miré así, y el tipo me dice: “Si ponés el pie…”. Me hubiera dicho disculpame y le hubiera dicho “No te hagas problema”.

¿Y a los chicos, como les transmitís esos valores?
—Yo les transmito como me enseñaron a mí. El honor, el respeto, el respeto hacia los mayores. Trato de inculcárselos lo mejor posible. De por sí las clases de artes marciales son sumamente y extremadamente respetuosas. El karate es okinawense, y Okinawa es considerada la capital del respeto. Entonces, decidí aportar mi pequeñito granito de arena en enseñarles a los chicos, a ver si podemos ayudarlos. Por eso volví a enseñar. Porque los grandes ya están arruinados. Algunos grandes vienen, se ponen en el dojo y te dicen “Hola Sensei” y después viene otro y te dice “Qué hacés che, ¿Cómo andás?”. En las artes japonesas es todo tradición, todo. Vos entrás, saludás al dojo, saludás al que está a cargo de la clase y no hablás más hasta que te vas. Sólo venís a practicar y a aprender, tanto de cortesía como de técnica de combate, y después te vas. La relación entre maestro y alumno dentro de las artes marciales japonesas existe mucho. Pero bueno, si dejamos que se vaya perdiendo va a llegar el momento en que van a entrar al salón y van a decir “Qué hacés flaco, ¿Hoy qué hacemos?”. Que hay algunos lugares en que lo hacen, entran y le dicen al profesor “Qué haces Carlitos, como te va, ¿Cuántas abdominales hacemos?”. Yo lo he visto, entonces trato de que no se pierda esa relación de respeto.
En marzo de 2006 Jorge Telerman asumió como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Una de las primeras cosas que intentó hacer, fue tomar la conducción y administración del Jardín Japonés. La Fundación Cultural Argentino Japonesa, quien hoy lo administra; se opuso férreamente. También lo hizo Néstor Varzé, quien durante tres años trabajó gratis para la Fundación y por estos días presta su colaboración. Actualmente el Jardín Japonés está declarado de interés turístico por la Subsecretaria de Turismo del Gobierno de la Ciudad.

El año pasado le enviaste una carta a Jorge Telerman. ¿Tuviste alguna respuesta?
—No. Se hicieron los... no voy a decir la palabra. Como se hacen siempre, se hicieron los “eso”. Mira, yo no sé nada de política, ni me interesa la política. A mí me interesa hacer artes marciales, estar bien con mi familia, no molestar a nadie y yugarla como la yugan todos: laburar. Pero me molestó mucho que un día llegué acá y me dijeron que había asumido Telerman y que quería tomar la dirección del Jardín. O sea quería que el Gobierno de la Ciudad manejara el Jardín Japonés. Y este señor, como todo político, quería ganar puntos. A mí me molestó mucho. Yo trabajo en la zona de Congreso, si vos andás por ahí o por cualquier rincón de Buenos Aires, vas a ver que hay muchos chicos en la calle, familias enteras. Entonces ¿por qué no se fijan en eso?. Hablando mal y pronto, porqué no se dejan de joder y usan el poder que tienen como políticos y solucionan eso. En vez de venir a fijarse acá, al Jardín Japonés, a ver cuánto cobran la entrada, si el Jardín Japonés da ganancia, si la ganancia se la pueden agarrar ellos. Me dio mucha bronca porque dije “Uno no los vota para eso”. Aparte, no sé, yo vengo al Jardín Japonés desde que era chico. El Jardín Japonés desde que lo agarró la Fundación Argentino - Japonesa, es uno de los mejores lugares para visitar de Buenos Aires.

¿Vos en la fundación que haces?
—Yo en la fundación me dedico a de todo lo que lo que tiene que ver con los samurai. Monto el espectáculo que viste hoy y doy las conferencias sobre arte samurai, todo lo que tiene que ver con ellos. Las armaduras, las armas, pinturas y todo lo hacemos gratis. Todos venimos a laburar gratis. O sea, acá no existe eso de que venimos, nos llenamos de plata, me llevo yo, te llevas vos. Venimos y ponemos todos el lomo por lo que nos gusta. A mí me encanta hacer las armaduras, venir, que la gente venga y vea lo que viste vos.
“No gasten energía en politiquería por la concesión del Jardín Japonés, pónganla en lo que es su deber, el bogar por las miles de almas que hoy claman por un plato de alimento. Y si realmente no comprenden ninguno de estos valores, de corazón les ofrezco mi espada para que lleven a cabo el HARA KIRI.”

Es para resaltar la última frase, la del Hara Kiri.
—La espada, les presto la espada. Que se dejen de joder, perdoname la expresión, pero que se dejen de joder. El pueblo se está cagando de hambre, perdoname la expresión, y ellos se fijan si acá en el Jardín…., porque vos viste cómo es, esto da resultado, acá vamos y comemos. Y vinieron, y por suerte la embajada lo peleó y lo peleó. Las entradas son muy baratas (N. de R.: tiene un valor de $5). Vos mirá las instalaciones del lugar y te vas a dar cuenta que con lo que cobran la entrada es muy difícil mantenerlo así, los empleados se desloman laburando. Porque acá vienen y laburan, me ayudan a mí. Mira que yo vengo de afuera y laburan conmigo, transpiramos. Entonces, eso tienen que mirar, aparte te digo, no quisiera que pasara lo que pasó con el zoológico en un tiempo. Que daba lástima ir al zoológico, hasta que lo agarró una empresa. Y el Parque de la Ciudad ves como está. Entonces yo vi eso. Chau, al diablo con el Jardín Japonés, Buenos Aires se quedó sin el Jardín Japonés. Entonces fue, viste onda, avisarle a la gente “Miren que está pasando esto”. Porque la gente no sabía. Ponían cualquier cosa en el diario. Que entraba no sé cuanta plata por mes y yo te invito a que vayas a la boletería y, contés cuanta gente hay acá laburando, que les tienen que pagar el sueldo y vas a ver que no alcanza.
De vuelta al dojo y alejado de la política, Néstor Varzé hace dos años viene preparando "El Golpe del Dragón", el espectáculo más importante de artes marciales que se va a realizar en América Latina, según sus palabras. Auspiciado por las embajadas de Japón, China y Tailandia, el Sensei intentará batir un nuevo record mundial rompiendo cincuenta barras de hielo de un solo golpe.
—El espectáculo lo estamos armando junto con grupo de amigos, entre los que están Carlos Suárez, el director de Red Marcial y Gabriel Schulz que es el director de la Revista Maestros. De todo lo que es armado y marketing se encarga Claudia Amaderna. Tenemos toda gente profesional en lo suyo. Te digo más, al show vienen luchadores de Sumo de Japón de esos de doscientos kilos, que nunca vinieron al país. Lo estamos montando con gente de cine y de teatro, para que no sea solamente una exhibición de artes marciales. Va a ser un show, todo con juego de luces, música en vivo, todo muy tipo, no se si decirlo así, pero tipo show internacional de Hollywood, bien montado. Se invitó gente del Guinnes, y bueno, están los mejores exponentes de cada arte de nuestro país, los más antiguos. Están los más renombrados. Y todo el mundo laburando bien, todos aportando. Te digo la verdad, no tenemos un mango pero estamos armando un espectáculo en el Luna Park que no sabemos cómo lo estamos haciendo. Hace 18 meses que estamos trabajando y armando el show que va a ser el 21 de diciembre en el Luna Park, y bueno, yo entrenando a lo pavo.

¿Entrenas rompiendo barras de hielo?
—Rompiendo no. Porque por ahí me puedo lastimar. Rompí los primeros meses y después rompí para hacer las propagandas de televisión. Y ahora ya hace cinco meses que no toco una barra de hielo hasta el 21. Directamente ese día, estoy entrenando las manos sí, con los aparatos, para fortalecer las manos y todo. Espero; creo que lo voy a hacer porque vengo entrenando duro hace dos años. El único día que descanso es el domingo, porque hago el espectáculo acá en el Jardín.

¿Cómo preparás la cabeza y el cuerpo para romper las barras de hielo?
—Primero, hace cuarenta años que hago artes marciales. Después, me dedico a la rotura desde los diecisiete, y después es un poquito estar loco, como me dice mi pareja; “Vos estás totalmente loco”. No sé si estoy totalmente loco, pero un poquito sí. Porque cada vez que lo pienso, sí, debo estar un poco pirucho, pero bueno, es lo que me gusta.

Más allá del impacto - Filosofía Marcial

Por Sabrina Díaz Virzi

No todo el mundo duerme como uno, come como uno, o se viste como uno. Desplegar la perspectiva es ver más allá, y descubrir que hay mucho para decir acerca de los estilos de vida. Una determinada cultura, sociedad o ámbito particular puede imponer algún modo de vida a las personas que allí habitan. Sin embargo, aunque ciertas influencias se hallan muy lejos geográfica o culturalmente, hay quienes eligen vivir de una forma particular, rigiendo sus actos y ajustando sus comportamientos a códigos estrictos. Los artistas marciales son un ejemplo de ello.
Las artes marciales se definen como aquellas técnicas de combate utilizadas por el hombre para defenderse. Pero todo no termina en los golpes, sino que el practicante, para lograr ser un buen artista, deberá incorporar cierta disciplina, meditación y un determinado comportamiento ético, según el estilo practicado. Precisamente, en las metas perseguidas reside la diferencia básica entre un deporte y un arte marcial. En el fútbol se buscarán hacer goles, en el rugby correrán por lograr un try, sumar puntos será la meta de los tenistas. Todas metas físicas, específicas, concretas. Pero el artista marcial tendrá como objetivo vivir de acuerdo a su arte en todos los momentos de su vida, combinando elementos físicos con aspectos filosóficos y espirituales. Agustín Rosendi, profesor y 4º dan de kempo bujitsu, indica que “lo que rige y está en concordancia con todas las artes marciales es esa conducta, esa búsqueda espiritual que tendría que ser común a todos, no importa si es karate, bujitsu, jujitsu, kung fu… Porque todas las artes marciales deberían buscar esa espiritualidad, ese perfeccionamiento, ese conocimiento de sí mismo –en el sentido de conocer las propias capacidades y limitaciones”.
Ese ideal de perfección –en constante búsqueda- está regulado a través de estrictos preceptos que varían según las zonas de origen y el tipo de práctica. Uno de los más célebres (tal vez por cierto idealismo romántico con el que suele tratarse al pasado poco conocido) es el código Bushido (o “camino del guerrero”), que guió la vida de los samurai en los tiempos de los emperadores japoneses. Su gestación estuvo fuertemente influenciada por el budismo Zen y el confucionismo y fue transmitido oralmente hasta mediados del siglo X, cuando comenzaron a circular algunas versiones escritas.
Este “código de conductas adecuadas para el caballero combatiente”, tenía su eje en el honor: bastaba un insulto en la calle para batirse a muerte con otro samurai o cualquier persona. Además, incluía entre sus principios básicos la honradez y la justicia (“para un samurai sólo existe lo correcto y lo incorrecto”); el valor heroico; la asistencia incondicional a los compañeros, ayudándolos ante situaciones adversas aún a riesgo de perder la vida; la cortesía, que refiere al trato respetuoso con los enemigos; la sinceridad absoluta (“la palabra de un samurai es tan firme como el metal”); el deber y la lealtad.
El incumplimiento de alguno de estos preceptos, el deshonor o la derrota ante un enemigo eran motivos suficientes para inflingirse la propia muerte o “suicidio ritual” (seppuku), considerado un acto de honor y valentía con el que se honraba a la familia. Así, el código Bushido exigía una particular concepción de la muerte, que implicaba apreciar la vida desde el momento de su fallecimiento, como si ya estuvieran muertos.

Seppuku - Ceremonia Fallida


Los samurais no despreciaban la vida, sino que la veían de otra manera. Creían que sólo el ignorante y el cobarde le temen a la muerte, simplemente, porque todos vamos a llegar a ella. Entonces, creían en la “buena muerte”: “ya que todos vamos a morir, yo prefiero elegir cómo. Morir como un cobarde o como un valiente. La muerte no es una maldición; la maldición es morir en desgracia, morir en deshonor”, explica el profesor Rosendi. Esta particular apertura mental hacia la muerte, así como la gran influencia ejercida por la filosofía samurai en todas las tradiciones de Japón, fue relacionada en ocasiones con la psicología de los pilotos kamikaze (que significa “viento divino”) de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy en día, este código ya no se sigue porque “si no nos tendríamos que matar apenas nos insultan”, argumenta Rosendi. Lo que sí está intacto es aquello que las artes marciales le aportan a la vida del practicante como un principio ético. Ya que este tipo de arte “no se hace para quien está afuera mirando sino que se hace para uno mismo. Oscar Cirone, titular de la Asociación Argentina de Kendo y Iaido, 4° dan de Kendo y 5° dan de Iaido, estilo Seitei, afirma que este tipo de arte “Si no le sirve a uno, si no le sirve a su interior, no le sirve para nada”.

El pacificador

Por Yanina Berezán

El Aikido fue creado por el maestro Ueshiba Morihei en el año 1939. O’ Sensei (Ueshiba) nació en 1883 en la ciudad de Wakayama. Su familia practicaba la religión budista “Bukio-Shim-Gom-Shiu”. Su adolescencia estuvo signada por un híbrido conformado por sus creencias, el contacto con la naturaleza y sus sueños: ser comerciante y combatir en el ejército. A los 17 años viaja a Tokio donde se dedica al comercio con un pariente. Por las noches practicaba Jiu-Jitsu. Tres años más tarde ingresaba al ejército, donde desarrollaría aún más su aptitud en las artes marciales. A los 29 años viajó al extremo norte de Japón, donde recibió la enseñanza de diversos maestros, que ayudarían a originar el Aikido. Ocho años más tarde regresó a su hogar donde se encontró con un monje que sería decisivo para su camino. De las conversaciones con él, Morihei se dio cuenta que el arte marcial no es solamente luchar y confrontar con el cuerpo, sino que además es necesario saber ejercitar el espíritu, si se quiere llegar a una real profundidad y conocimiento. Así, se va introduciendo en el mundo de la filosofía zen. En 1939, su arte es reconocido por el gobierno de Japón y así decide llamarlo Aikido. Se forma la Federación Kobukan Hombu Dojo. O’ Sensei muere en 1969.

El Aikido por dentro

Las características de este maestro hicieron que este arte marcial sea muy especial, y que uno de sus principales componentes sea la paz interior. Él decía “Aikido no es la oposición de dos fuerzas materiales en la que la mayor se impone a la menor, sino la perfecta asociación de dos estados de espíritu diametralmente opuestos en el que uno de ellos, de naturaleza benéfica, vencerá iluminando al adversario”.
Por eso la palabra Aikido puede traducirse como “el camino (DO) para unir (AI) toda nuestra energía interior (KI)”. Esta apertura mental que caracteriza a la práctica, crea un clima sumamente sano en el Dojo (lugar donde se realiza el arte).
Se dice que el Aikido es sumamente beneficioso para la salud, su ejercitación fortalece la columna, tono muscular, procura corregir inconvenientes físicos. Algunos estilos enseñan el Aikido como una filosofía de vida y como un medio para el desarrollo espiritual y el intercambio social, tomando el aspecto marcial sólo como ejercicio. Otros lo asumen como un combate ignorando su espiritualidad. Algunos también dicen que es un arte que se ha debilitado, definiéndolo tan sólo como una danza. Pero si se practica con conciencia y voluntad, es una de las artes más eficaces.

Algo más que movimientos


Ya que uno de los principios más importantes del Aikido es el que sostiene que la mente y el cuerpo son uno, cuando el individuo actúa en consecuencia, desarrolla gran poder. Debido a que los movimientos del Aikido son de naturaleza circular, requiriéndose flexibilidad, equilibrio y timing, no hay necesidad de entrar en conflicto con la fuerza del oponente.
Los golpes básicos son:
Shomen Uchi: golpe de frente a la cabeza con el canto de la mano.
Yokomen Uchi: golpe lateral a la cabeza con el canto de la mano.
Tsuki (chundan): golpe de puño sobre la parte central del cuerpo.
Además hay, entre muchas técnicas, cinco principios de inmovilización:
Ik Kyo: control del codo empujando hacia la cabeza en círculo.
Ni kyo: el mismo movimiento que Ik Kyo con acción sobre la articulación de la muñeca, del codo y del hombro.
San Kyo: Ik Kyo con control del canto de la mano y movimiento en espiral.
Yon Kyo: Ik Kyo con aplicación, sobre la cara interna del antebrazo, de una presión con la primera falange del dedo índice y movimiento de sable.
Go Kyo: técnica particular para ataque de cuchillo, mismo principio que Ik Kyo pero diferente control de la muñeca.

El hábito hace al monje

Los aikidokas (aquellos que practican el Aikido) utilizan un vestuario especial. Por lo menos es la idea que se originó desde el principio y que se trata de mantener a través del tiempo. Una de las piezas más tradicionales es el hakama¸ una pollera-pantalón. Los hakama originalmente tenían la intención de proteger las piernas de los jinetes de la maleza. El cuero era muy difícil de obtener en Japón, así que se usaba ropa gruesa en su lugar. Después de que los samurai fueron desmontados como clase y se convirtieron en soldados de infantería, persistieron en usar las vestiduras de jinete porque los separaba y los hacía fácilmente identificables.

Se dice que los 7 pliegues en el hakama (5 en el frente, 2 en la parte de atrás) tienen el siguiente significado simbólico:
Yuki = coraje, valor, valentía.
Jin = humanidad, caridad, benevolencia.
Gi = justicia, rectitud, integridad.
Rei = etiqueta, cortesía, civilidad (también significa reverencia/rendir tributo a alguien).
Makoto = sinceridad, honestidad, realidad.
Chugi = lealtad, fidelidad, devoción.
Meiyo = honor, crédito, gloria; también reputación, dignidad, prestigio.

Niveles jerárquicos

La estructura jerárquica del Aikido es parecida a la adoptada por las mayores artes marciales. Los estudiantes de este arte están divididos en dos categorías: una incluye los grados kyu, y la otra los grados dan.
A los grados kyu (mudansha) pertenecen los estudiantes que aún no han recibido su cinturón negro. De acuerdo con su nivel de experiencia, estos son subdivididos en grados que usualmente cominezan con el sexto. Kyu (el más bajo) y progresan en forma ascendente hasta el primer kyu. En la mayoría de las escuelas todos los estudiantes de grado kyu utilizan el cinturón blanco en sus uniformes. En algunas otras escuelas, sin embargo, se utilizan cinturones de color para diferenciar al grado kyu al cual se pertenece, como se acostumbra en otras artes marciales. A los grados dan (yudansha) pertenecen aquellos estudiantes de Aikido que ya han obtenido su cinturón negro. De acuerdo a su experiencia y habilidad, estan divididos en grados que van en forma ascendente desde el 1er. dan (shodan) al 9no. dan (kyudan) y siguiente.

En Busca del Satori Perdido



JORNADA DE MEDITACIÓN ZEN EN UN DOJO PORTEÑO

Por Renzo Iacomella

Para tener algo que decir acerca del amanecer del bosque hay que atravesarlo caminando. De noche. En eso estábamos cuando, queriendo conocer algo más acerca del Zen, decidimos practicarlo. Y la mejor o la única forma de hacerlo es practicando zazen, adoptando de una vez y para siempre la “postura de loto”, salteando los ejercicios previos mediante los que -por ejemplo- el yoga ablanda el cuerpo y el alma, y los dispone para la iluminación. El zazen se diferencia en ser un golpe directo sin previo aviso, una estatua esculpida en un sólo gesto del cincel. Es la segunda parte de Full Metal Jacket, el famoso film de Stanley Kubrick, sin las escenas en el campo de entrenamiento militar. Claro está que aquí no es que entramos directamente a la guerra, a la lucha por la muerte del enemigo, sino -todo lo contrario- al silencioso y meditabundo camino del despertar personal, del satori: el quiebre de la cíclica cadena de reencarnaciones que para el budismo anuda el tejido de la existencia. Lo que significa algo sencillo, glorioso y tranquilizador: ya no tendremos que volver a morir. Nunca más.

Este camino se inició en el hall del Zen Center Latin America que nos llevó a la escalera, en la escalera que nos llevó a la puerta, la puerta a un pasillo, el pasillo al dojo. Antes de entrar debimos quitarnos el calzado y aligerarnos de ropa hasta estar lo suficientemente cómodos. Las dimensiones del vestuario obligan a salir cuando entra el Sol. Aquellos que asisten al dojo y realizan la práctica semanalmente ya poseen sus casilleros y la indumentaria adecuada: los hábitos. Dispuestos en un estante se alineaban los zafus, almohadones negros y maleables sobre los que se sientan los practicantes para adoptar la postura de loto.
- Che, me parece que te agarraste el mío – reclamó uno de ellos a su compañera.
En una pared lateral se leían algunas contraindicaciones, en el sentido que anuncian aquello que no hay que esperar del zazen: “Es una postura del despertar. Durante su práctica no hay que querer alcanzar nada, sea lo que sea. Es solamente concentración sobre la postura, la respiración y la actitud del espíritu, sin objeto”. Sin embargo, no supimos desembarazarnos de nuestras expectativas y nervios mientras avanzábamos en absoluto silencio hacia el umbral del dojo. La habitación y nuestro recorrido por ella estaban divididos en dos instancias desparejas: Una línea bajo un inmediato segundo umbral indicaba la frontera entre el diminuto afuera y el prometedor adentro, al que sólo se podía ingresar con el pie izquierdo. Nos ubicamos entorno al altar de Buda, siempre avanzando en el sentido de las agujas del reloj sobre la alfombra roja. La cantidad de practicantes era excesiva para aquella habitación rectangular de paredes blancas, y se hizo trabajoso disponerse sobre el zafu, con las piernas en loto rozándose disimuladamente, en silencio, para no evidenciar las limitaciones materiales de la mística jornada que ya daba inicio.
Estrictamente, la práctica es mirar una pared blanca durante cuarenta minutos. Mejor: uno debe tener los ojos abiertos sobre la pared pero no mirarla. Debe centrar su atención en la respiración forzando los límites de su cuerpo, pero sin pensar en nada. Haciendo propia la consigna, cruzamos las piernas, recogimos el mentón, estiramos la nuca y relajamos el vientre. En la posición de loto la nariz debe encontrarse en la vertical del ombligo. La mano izquierda sobre la derecha, con las palmas al cielo, contra el abdomen. Los pulgares en contacto y la lengua, tocando el paladar. En el primer intento, uno se siente un Frankenstein cuyos pedazos pretenden fugarse gritando, montados al galope en diez mil contracturas, cada uno hacia su respectivo dueño original. El eje del cuerpo se pierde completamente y uno se va yendo de lado, mientras transpira la gota gorda por no interrumpir el eventual satori del vecino.

Hay dos demonios en la práctica del zazen: por un lado, realizar de manera demasiado relajada la postura, al punto de dormirse; por el otro, nunca poder realizarla y ser todo el tiempo una maraña pelusa de quejas. Una araña pata larga muriendo pero sin morirse, publicando su agonía en cada músculo del cuerpo. En eso estábamos nosotros cuando se dio inicio al curioso remedio que da muerte a ambos demonios: una tabla de madera con la que te pegan un palazo en cada hombro. A lo lejos se oyó su desenfundar y se oyeron los sablazos cortando el aire hasta la espalda de varios practicantes. Pero se oyeron también sus gestos de alivio, su reincorporación al meditar divino, como quien recibe un relámpago de Gatorade en el omóplato.
La primera parte de la jornada terminó rato después. Antes de ponernos de pie hicimos una reverencia y luego nos sumamos a una fila india que avanzaba a paso de oruga en torno al Buda. Sobre el pecho colocamos las manos, como si una detuviese el golpe de puño de la otra. Cada pequeño paso debe estar sincronizado con la respiración, y como algunos respiraban menos o más lento que otros, se produjo un respetuoso embotellamiento en algún tramo del circuito. Finalmente volvimos a nuestros zafus. Y volvimos a la pared blanca, para otra media hora de meditación.
La práctica del zazen se realiza al amanecer y al atardecer, momentos del día en los que los cambios de la naturaleza se manifiestan de manera radical en el jardín interno del dojo. Cuando llega alguno de estos dos momentos, todo el encuentro es coronado por una ceremonia. El tintineo de una campanita y un par de golpes como de toc-toc anunciaron entonces el ingreso de una reducida comitiva a la que nunca miramos directamente, algunos porque ya conocían sus menesteres, otros por miedo o porque ya estábamos obsesionados con la idea de mirar un solo punto fijo, así se cayera el edificio a pedazos.
En un gesto final, todos los presenten nos pusimos de pie y nos arrodillamos repetidas veces, mientras cantamos en japonés el Prajnaparamita Hridayan, el Sutra del Corazón, que reza: “Vamos todos, vamos todos, más allá del más allá”. Como diría Cortázar: cantamos el himno y nos retiramos en buen orden. Al salir, claro está, nos cuidamos de pisar afuera, esta vez, con el pie derecho.


Hágalo usted mismo - Postura en Zazen explicada por Deshimaru